Arteterapia y mujer (I): una aproximación teórica

25-02-2021

La situación de la mujer en el siglo XXI: una perspectiva general.

No cabe duda de que la situación de la mujer en el mundo ha experimentado un claro avance a todos los niveles. Tanto si hablamos de condiciones materiales de existencia como de estatus y reconocimiento social, derechos sexuales y capacidad decisoria es evidente que es este uno de esos escasos ámbitos sobre los que se puede afirmar con seguridad que "la rueda del progreso sigue su curso". Sin embargo y, empleando nuevamente una expresión coloquial: aún queda mucho  por hacer.
Pese a los avances del feminismo y la evolución de una gran parte de la sociedad y sus instituciones, sobre todo en los países noratlánticos aunque también en otros lugares, han dado lugar a mayores cuotas de igualdad y libertad en todos los aspectos de la existencia. Solo hay que echar un vistazo a la evolución de la paridad educativa, en la distribución de los trabajos de alta cualificación o el acceso a la Universidad y la formación superior. En algunos casos el número de mujeres cursando estudios superiores rebasa el de los hombres para un mismo nivel. A pesar de todo y dejando de lado la amenaza de la involución siempre presente- especialmente cuando se constatan los avances del nacionalismo populista y conservador en países tan dispares como Hungría o Brasil, por no mencionar al inquilino saliente de la Casa Blanca- la situación global de la mujer sigue sometida a la desigualdad en sus distintas dimensiones: económica, política, social, sexual y simbólica.

Siguiendo lo recogido en el Informe sobre desarrollo humano de 2019 publicado por el Programa de desarrollo humano de la ONU  "No existe igualdad de género en ningún lugar del mundo. En África Subsahariana, una de cada 180 mujeres muere al dar a luz (una tasa más de 20 veces superiora la de los países desarrollados), y las mujeres adultas presentan un nivel educativo inferior,cuentan con menor acceso que los hombres al mercado laboral en la mayoría de las regiones y carecen de acceso al poder político" (pags 165 y ss). Los mismos indicadores reflejan la persistencia de abusos sexuales en la mayor parte del mundo, así como violencias relativas a la naturaleza religiosa de las relaciones sociales como la práctica de la infibulación o la ideología del encierro y la ocultación en diferentes partes del mundo.
Igualmente y según cifras recogidas por la OMS una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual y entre el 10 y el 30% de las mujeres de 15 a 49 años fueron forzadas durante su primera relación sexual.
Dejando de lado cifras tan significativas - y aterradoras- en el occidente rico asistimos por otra parte a la emergencia de movimientos  sociales on y offline en los que se reivindica una idea reaccionaria de la masculinidad y que se definen abierta o implícitamente como antifeministas.

 

La educación diferencial como principio de la desigualdad.

En una época en que los avances del feminismo y la igualdad han llevado a un debate eterno en torno a las grandes cuestiones que se plantean en torno a sexo y género resulta imposible no remitirse al concepto "roles de género" y que con tanta frecuencia aparece en las conocidas guerras culturales.
Podríamos definir estos roles de manera breve como el conjunto de expectativas y rasgos de naturaleza psicológica y social que caracterizan a las personas de uno u otro sexo biológico. No es nuestra intención perpetuar un debate  natura vs cultura que ha sido architratado en toda clase de medios académicos y profesionales, y que consideramos estéril para definir un espacio de diálogo que nos permita trabajar por una sociedad más justa y menos opresiva con sus miembros de ambos sexos. Sin embargo resulta imprescindible entender esta doble naturaleza (biológica y psico-social) del género para entender los problemas a los que nos enfrentamos en nuestra labor arteterapéutica, especialmente cuando se abordan los problemas y conflictos que afectan a las mujeres. Para ello nos apoyamos en el concepto de educación diferencial. Esto es en un estilo educativo distinto y separado para cada sexo y que se remonta a la primera infancia.

Por ejemplo, si nos referimos a la práctica de la perforación de lóbulo de la oreja para poder llevar pendientes estamos hablando de educación diferencial mediada por el sexo y que contribuye a construir socialmente el género. Igualmente, cuando a los bebés se les viste de manera específica según su sexo, con colores distintivos del género (azul para ellos, rosa para ellas) estamos presenciando la misma forma de educar de manera diferenciada. Esta diferencia de estilos educativos persiste durante toda la niñez, la infancia y la adolescencia, y se consolida en la edad adulta con el sistema de expectativas al que nos referimos más arriba. En ella se insertan los cuidados domésticos; se espera de las niñas que sean ellas quienes antes se incorporen a las tareas de limpieza y cocina. También se espera de ellas mayor pudor y rechazo de la actividad física de contacto, se las riñe más frecuentemente por cuestiones de etiqueta y modales. También su educación es más estricta en cuestiones de higiene y autocuidado, y se las anima a practicar actividades eminentemente femeninas. La industria juguetera aún no se ha dejado permear por las ideas de igualdad entre sexos y continúa ofreciendo productos marcadamente diferenciados, que anunciantes y padres asumen como categorías naturales. Insistimos en que este entramado de patrones y conductas muestra sus primeros compases en la niñez y se perpetúa durante la infancia y la adolescencia.
Esta educación diferencial tiende a desembocar - cada vez de forma más evitable- en la clásica división del trabajo de la familia tradicional (y tradicionalista) en la que las mujeres cargan con las responsabilidades derivadas del trabajo doméstico, reproductivo y no remunerado.

Esto tiene un peso en la configuración de las identidades y en las emociones de las mujeres, muchas veces en conflicto; con su propio ecosistema familiar, con su ambiente laboral y afectivo, e incluso consigo mismas.
Desde la arteterapia esperamos poder revelar estos patrones que por su naturaleza normalizada - vistas como realidades evidentes, incuestionables- permanecen ocultas, y ocultan a su vez el dolor y las consecuencias de vivencias significativas y a menudo traumáticas.

Talleres de arteterapia: un espacio de confianza y seguridad

La arteterapia con perspectiva de género es necesaria para poder explorar los conflictos de nuestra construcción social como mujeres y como afectan en nuestros conflictos cotidianos. Los procesos que tienen lugar en los talleres de arteterapia pueden proveernos con herramientas para redefinir nuestra condición de mujer y favorecer así nuestra autodeterminación (Alonso, 2012). Los talleres para mujeres invitan a una reflexión común a esos comportamientos marcados por la socialización de género sacándolos del olvido histórico al que han sido sometidos (López y Martínez, 2006).
Algo que menciona también Marian Alonso en su tesis doctoral y que hemos visto en los talleres que hemos facilitado, como un ejemplo de todo esto es el sufrimiento emocional que tiene muchas mujeres por suprimir sus propios deseos para cuidar a otros. En este sentido ha perdurado cierta herencia tradicionalista. Sin llegar a los extremos de la educación para la mujer del periodo nacionalcatólico muchas mujeres han sido educadas en la abnegación, el sufrimiento y el cuidado de otros - en el ejercicio de una u otra forma de maternidad- en lo que podríamos llamar "modelo Marge Simpson". Como en el caso de la matriarca de la célebre familia animada, muchas mujeres han antepuesto a la realización personal sus obligaciones reproductivas, maritales y de cuidado. Del mismo modo que tradicionalmente han sido siempre mujeres - y más concretamente la menor de las hermanas- quienes debían hacerse cargo de los mayores de la familia una vez acabado su ciclo laboral, en una época anterior a la externalización de estas labores mediante el estado o el sector privado. Como contrapartida, aquellas mujeres que consiguen identificar sus deseos y objetivos, y se centran en sus carreras laborales o en sus pasiones tienen a menudo que gestionar sus invasivos y limitantes sentimientos de culpa por no estar cumpliendo con “sus labores” en el hogar.
En diferentes talleres hemos podido presenciar cómo esta condición - que no pocas veces esconde distintas formas de infelicidad o conflicto interno- se hace visible e incluso consciente en el ejercicio de creación artística, las dinámicas de grupo y las conversaciones con el arteterapeuta y sus compañeras de taller.

 

Así, las mujeres que forman los grupos de arteterapia no solo reúnen fuerzas para enfrentarse a los problemas que emergen en el transcurso de la terapia, sino que compartir el taller se convierte en un tiempo de disfrute, fuente de salud y alegría. De este modo la terapia no solo permite afrontar los problemas cotidianos con renovados ánimos sino que alegra la existencia y hace el día a día más llevadero.

Para poder hacer aflorar estos sentimientos y condiciones ocultas - incluso inconscientes- recurrimos no solo al diálogo sino también, como podrá parecer de perogrullo, al trabajo artístico. La obra de arte es ante todo una forma de expresión de emociones que aspiran a alcanzar al espectador de la obra. Esperamos suscitar reacciones emotivas que nos abran el acceso a temas, pensamientos, circunstancias y situaciones que de otro modo permanecerían en la sombra, siendo esta sombra no necesariamente un concepto psicoanalítico sino la sombra en la que permanecen aquellas cosas que no se problematizan o que se asumen como evidentes, lógicas, naturales, normales. Gracias a las expresiones artísticas de fuerte carga afectiva- las "imágenes encarnadas" en palabras de  Joy Schaverien- las participantes pueden razonar sus experiencias, explicarlas en sus propios términos y no solo en los de la educación recibida y la normalidad aceptada.

En algunas de nuestras experiencias facilitando grupos de mujeres hemos visto como vivencias tan duras como el acoso sexual aparecen en las obras de las participantes, y al compartirse en el grupo, la otras mujeres lo acogen como real, dan importancia al sufrimiento causado y reflejan sus propias vivencias de acoso. Las mujeres tienen entonces el acompañamiento y el permiso para expresar su dolor, su enfado o su tristeza en compañía, sostenidas por iguales que las comprenden.

En definitiva, hemos asistido a los procesos artísticos y arteterapéuticos que llevan al empoderamiento - un término usado con tanta frecuencia como ligereza- a través del diálogo del participante con su propia obra artística y el acompañamiento del terapeuta. En próximas entradas de este blog profundizaremos en las características de la arteterapia destinada a mujeres y con perspectiva feminista, una terapia que ayude a sobrellevar o superar conflictos pasados al mismo tiempo que fomente la adquisición de una conciencia social sobre la desigualdad y la forma en que esta se sostiene y reproduce. A través de la educación diferencial, del lenguaje, del poder político y el capital simbólico. Esperamos con ello despertar o avivar la curiosidad del lector  y el interés en la terapia a través del arte. Igualmente y como siempre os animamos a poneros en contacto con nosotros a través de nuestro correo electrónico y a participar en futuros talleres presenciales y online que iremos anunciando.

 

 

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